Las hamacas

Tengo la prueba irrefutable de que todo es relativo: Las hamacas.


En mi casa hubo una hamaca hace muchos años, la cual colgaba entre las paredes de un pasillo, estaba muy mal ubicada, a decir verdad. Mi hermana y yo siempre disfrutamos mecernos en ella, era uno de nuestros juguetes favoritos. A diario nos sentábamos sobre esa tela de extraña textura, tomábamos impulso y nos disponíamos a tocar el techo, nunca lo logramos; pasábamos horas en ello, reíamos y nos sentíamos tal como se podrían sentir las aves –o al menos como se sentiría un ave que se balancea en una hamaca- era nuestra hermosa rutina después de la escuela.

Mi madre nunca ha sido una buena ama de casa, y lo sabe. Lo único que hace es quejarse: Que si ella no estudió para eso, que si quiere estar en la playa, que si no quiere cocinar. Prefiere solicitar los cupos en CADIVI antes de pasar un coleto. Pero hay algo con lo que tiene una actitud obsesiva: lavar la ropa. Tiene una increíble manía con mantener la ropa limpia. No puede ver un trapo sucio por allí sin que lo lleve a la lavadora. Como el lavandero de la casa quedaba en la parte de atrás, era necesario atravesar el pasillo donde reposaba la hamaca, por lo que mi madre nos notificaba que iba caminando con la frase “voy pasando, voy pasando”. De esa expresión se valía nuestra costumbre de detenernos y darle paso a nuestra madre.

Aquella tarde, después de hacer todas las tareas, mi hermana y yo nos montamos en nuestra querida hamaca vinotinto de tela áspera. Tomamos el mayor impulso y comenzamos a columpiarnos, lo hicimos varias veces y sólo interrumpíamos nuestro juego para darle paso a mi madre. Cuando estábamos empezando a tomar vuelo, mi mamá se acercó. Venía cargando un cerro de ropa sucia, nosotros no pudimos verla ni ella tampoco a nosotros. Cuando dijo “voy pasando, voy pasando” era demasiado tarde. Ya habíamos emprendido el vuelo. Aún recuerdo la expresión de sorpresa/susto en el rostro de mi madre ante lo inminente: la hamaca venía hacía ella y no podía evitarlo. Su mejor solución fue pegar un grito desesperado, lanzar la ropa al aire y brincar abrazándose de aquel chinchorro. Fueron sólo segundos que se tomó la hamaca en detenerse, pero mamá los grito todos y cada uno de ellos. Finalmente paralizada, mi madre se soltó bruscamente, dejándose caer contra el piso. Se levantó llorando, caminó hasta donde se encontraba mi papá. Con el malicioso sonido de nuestras risas en el fondo la escuchamos decirle tus hijos me querían matar. Aquel día fui solamente hijo de mi papá.
No me queda duda. Todo es relativo. Incluso la paternidad.


Jesús A. González

One response to “Las hamacas”

Mañanita... dijo...

Me imaginé la escena y fue inevitable jajajaja! pobrecita tu mamá...