No me avergüenza decirlo. La conocí hace 4 años en una sala de Chat de fanáticos de
Guillermo Dávila. Aquel día hablamos durante horas, compartíamos mucho más que ese agrado por
Guillermo Dávila. Teníamos mil cosas en común. Los 2 coleccionábamos discos de
Juan corazón, llaveros y ambos teníamos de mascotas a un periquito. Comenzamos a hablar todos los días, y al poco tiempo nos hicimos realmente cercanos.
Todo lo que me pasaba, yo se lo contaba. Todo lo que le pasaba, ella me lo contaba.
Era la mejor amiga que la
Internet pueda crear.
Pero aquella semana todo cambió, cuando recibí una inesperada llamada telefónica.
- Aló? – dije al contestar el teléfono;
-
Jesús Armando ¿eres tú? – dijo una mujer al otro lado del auricular;
- Sí ¿quién es? – pregunté
- Uish, que linda se escucha tu voz – dijo la mujer con acento colombiano;
- Jajaja ¿quién es? – insistí una vez más, pero sospechaba que alguien me estaba jodiendo;
- Es Sofía, Sofía López… ¿cómo estás? – Dijo ella, sorprendiéndome;
- Mentira… ¿De pana eres tú? – pregunté sorprendido;
- Pues sí, soy yo – respondió ella
- Te llamo porqué tengo que proponerte algo – replicó ella, sin darme tiempo para hablar
- Ajá! Cuéntame, cuéntame – le dije un poco intrigado
- Tengo que ir a
Caracas por un trabajo, y me dijeron que puedo invitar a alguien para venir a
Bogotá, con todos los gastos pagos. ¿Qué dices? ¿Quieres venir? – dijo ella con voz esperanzadora
- Me estás jodiendo, ¿verdad? – expresé desde el fondo de mi alma
- No, es en serio. No voy a aceptar un no por respuesta – dijo ella convencida
Estuvimos hablando sobre eso cerca de 20 minutos, pero decidimos seguir hablándolo por
msn. Me contó que había estado queriendo hacerme esa invitación desde hace tiempo, pero que no se había atrevido. Me dijo que ella llegaba a
Maiquetía el viernes en la tarde; y su insistencia me hacía sentir bien, me sentía como una persona importante. No me tuvo que insistir mucho más, acepté. Cualquier excusa es buena para salir de Venezuela. Estaba emocionado.
Comencé a comprar las cosas que necesitaba llevar, y como estaba bastante emocionado empecé a hacer mi maleta para pasar una semana paseando por
Colombia. Fui al banco, porque necesitaba sacar el dinero de la
cuenta de ahorros, le di gracias a dios que no necesitaba el jodido
cupo de cadivi; literalmente, nunca me había sentido tan afortunado. Fue genial tener que hacer un viaje sin tener ese dolor de cabeza.
Llegó el día en el que nos íbamos a encontrar. Ya era jueves, y nos veríamos en el sambil para comer, ir al cine, entregarme el pasaje, y pasear por
caracas durante su última noche aquí.
Llegué más temprano de lo acordado, porqué por alguna extraña razón no había cola en
caracas. Me senté a esperarla en los banquitos que están ubicados en frente del
Hard Rock Café, escuchaba música mientras esperaba, el tema nuevo de
Regina Spektor me deleitaba cuando, de repente, alguien me tapó los ojos cos sus manos.
- ¿Quién es? – Pregunté sospechando que era Sofía
- Adivina – dijo la mujer que me cubría los ojos
- No sé, me rindo – dije yo, con ánimos de terminar ese jueguito.
Me sentí decepcionado cuando vi que era una chama que solía ser mi vecina en la candelaria. Siempre fue muy fastidiosa; ese jueves llevaba una franela morada, unos pantalones azules y unas sandalias del mismo color que su franela. Ella buscó entablar una conversación, pero tuve que dejar de socializar con ella cuando mi celular comenzó a sonar, y esta vez, sí era Sofía.
- Aló? – Contesté el teléfono
- Ya llegué, nene – dijo ella al otro lado del auricular
- ¿En qué parte estás? – le pregunté
- En la entrada principal, creo – respondió, seguido de una risa nerviosa
- Ya voy a buscarte – dije antes de finalizar la llamada
Esto me sirvió de excusa para evadir esa conversación con la chica de la candelaria. Me dirigí hacía las escaleras eléctricas. Estaba emocionado, realmente emocionado. Finalmente la iba a conocer, me sentía tan ansioso por saber si era como me la imaginaba. Me faltaba un piso más por bajar, y estaba nervioso, me sudaban las manos y hasta mi
ritmo cardíaco se aceleró. Iba caminando hacía la entrada principal del centro comercial, y ahí la vi.
Tan bella, tan perfecta a la distancia, llevaba un vestido verde aceituna, su cabello era castaño claro, en un tono casi rubio. Un cuerpo espectacular, y su cara… ¡Dios! Su rostro era digno de ser inmortalizado en un cuadro de
Da Vinci. Se veía muchísimo más bella que en sus fotos; y ahí estaba yo, viéndola fijamente, como un bobo. Ella sonreía mientras me acercaba a ella.
- Finalmente te veo, pensé que nunca lo haríamos – dijo ella con una sonrisa refrescante en su rostro;
- Yo también pensé lo mismo, gracias a dios estábamos equivocados – respondí, tratando de ser galán.
- Oficialmente. Mucho gusto,
Jesús Armando González – dije en seguida
- Pues oficialmente. Mucho gusto, Sofía López – respondió ella, aún con esa sonrisa tan despampanante iluminando su cara.
Estuvimos hablando durante horas, caminamos, comimos, jugamos, y me burlé de ella por haber comprado un disco de grandes éxitos de
José Luís Rodríguez. Ella se burlaba de mí, porque yo me sabía todas las canciones de ese disco.
Al finalizar la noche, la acompañé a su
hotel, ella me entregó el pasaje y me pidió que a la mañana siguiente estuviera listo temprano y puntual, que si quería nos fuéramos juntos al
aeropuerto.
Esa noche no logré dormir mucho tiempo, estaba ansioso y, hasta un poco impactado por ella. Durante las horas que pasé dando vueltas en la cama, pensaba “
Pero ella no se veía así de chévere en las fotos”, sonreía, y nuevamente, trataba de dormir; caí dormido cerca de las 3 am.
El despertador sonó a las 7:30 am, me bañé, me vestí y me despedí de mi mamá, mi papá, de mi hermana y de mi pequeño chucho. Le deje indicaciones explicitas a mi mamá de que Chucho solamente podía comer alpiste importado de
Suiza. –sí, sé lo que piensan, mi periquito es sifríno-. Le pedí a mi papá que me llevará para el
Gran Meliá Caracas, en donde se estaba hospedando ella. La esperé en el lobby del hotel, por 4 minutos.
A través del reflejo del espejo de la recepción, la vi salir del ascensor, tratando de localizarme con la mirada. Me levante del sofá gris donde la estaba esperando y me le acerco. Esa mañana seguía igual de hermosa que la noche anterior. Me saludo muy afectivamente y me preguntó:
- ¿Ya estamos listos para irnos?
- Pues, sí señor – respondí de manera jocosa
- Bueno ¿nos vamos entonces guapo? – insistió ella
- Dale, dale, vámonos – dije tratando de ocultar mi emoción porque me había dicho guapo.
Salimos por la puerta principal del
hotel y estaba un vehículo negro, largo, que se veía bastante elegante. Ella se dirigía hacía ese carro y yo detrás de ella. Me explicó que ese vehículo pertenecía a la gente con la que trabajaba, que se habían comprometido en llevarla a Maiquetía. En el camino echamos broma con el chofer del vehículo, escuchamos un interminable disco de
Juanes, y hasta consideramos detenernos a comprar unas empanadas de pabellón y carne molida en una taguara que dijo conocer el conductor.
Llegamos al
aeropuerto, caminamos mientras buscábamos nuestra aerolínea correspondiente. Nos reíamos fuertemente, hasta nos daba pena con las demás personas que hacían la cola. Nos tomábamos fotos y nos prometíamos que no subiríamos las fotos feas al
facebook.
Cuando nos disponíamos a ingresar hacía nuestra puerta de embarque, el oficial nos pidió el pasaporte. Ella se lo entregó al funcionario, y le pico un ojo cuando se lo devolvieron. Yo saco mi pasaporte y lo tengo en mi mano.
- ¿Ciudadano, me permite el pasaporte? – dijo el funcionario mientras extendía su mano
- Claro, tome – le respondí mientras le entregaba mi preciado documento
- ¡Cheo! ¡Cheo! ¡Ven para acá! – comenzó a gritar el oficial con cara de sorprendido mientras revisaba mi documentación.
- ¿Qué pasó? – respondió otro agente alarmado, mientras sostenía su arma en su cinturón.
- Mira la cara de este chamo en la foto – dijo el agente que sostenía mi pasaporte
- Chamo, te parecías a
Marta Colomina – exclamó el tal Cheo mientras se reían de mi foto
- ¡Llama al negro para que él también vea! – comenzó a decir otro de ellos, mientras sacaba su celular para tomarle una foto a mi pasaporte.
- Marico, hay fotos feas, y la tuya…! – dijo uno de los agentes mientras hacía reír al resto
- Hey, ya, basta… a cualquiera le puede pasar eso – protesté molesto y apenado con Sofía quien era testigo de todo lo ocurrido
- Tranquilo mi pana, tu eres el que andas con el culito – profanó Cheo con notable envidia en la voz
Seguimos adelante, y ella comenzó a pedirme que le mostrara mi pasaporte, que ella también quería ver la foto. No se lo permitía. Nos sentamos a desayunar, eran un cuarto para las 10 y nos moríamos del hambre.
Llegó la hora en la que tuvimos que abordar el avión, nos sentamos en nuestros asientos de clase turista, muy contentos. Una azafata pelirroja, muy linda, llamada Andreina nos consintió durante el vuelo; la hicimos creer que estábamos de
luna de miel, y que luego de ir a
Bogotá iríamos a
Santiago, a
Buenos aires y finalmente, a
Bariloche.
Durante el vuelo jugamos con maní, ella tomó whisky, y no podía creer que de verdad yo no tomara alcohol.
- No puedo creerlo ¿de verdad no tomas? – preguntó ella
- No, nada de nada – respondí con cierto orgullo
- ¿Ni un poquitico? – insistió ella mientras me quitaba mis maníes
- Jajaja no, ni un poquitititico – dije en tono tierno, medio
gay
- Y si estás en un desierto, y lo único que hay es alcohol ¿no tomarías? – insistió ella mientras colocaba sus piernas sobre las mías
- Ni así, en serio – le respondí, un tanto nervioso por la manera en la que había puesto sus piernas
- Increíble, de verdad que sí – sentenció ella justo antes de que el capitán nos informara que en unos pocos minutos llegaríamos a la capital de
Colombia.
Andreina, la aeromoza, se nos acercó y nos pidió que nos sentáramos correctamente y nos colocáramos el cinturón de seguridad. Ella volteó a verme, con una mirada profunda, acercó su mano a la mía y acompaño eso con un “
no me sueltes” proveniente de sus labios.
Aterrizamos, y nos despedimos de Andreina, quien nos deseo que pasáramos una buena
luna de miel y un matrimonio prospero. Una vez dentro del
aeropuerto, pasamos por migración, donde el oficial colombiano nos pidió nuestros pasaportes. Ella repitió lo mismo de picarle el ojo cuando se lo devolvieron; cuando el agente revisó mi pasaporte, tras una sonrisa evidente, sólo me dijo “
bienvenido a Colombia”. Ella volvió a insistir con ver mi foto del pasaporte, pero no se lo permití.
Caminamos hacía una de las salidas del
aeropuerto, y me parecía inusual la cantidad de oficiales que habían en el lugar. Incluso, al salir por la puerta, había muchísimos policías en motos y algunos militares. Yo no estaba seguro si era idea mía, pero sentía que la mayoría de esos oficiales nos veían a nosotros. En eso se acercan una limusina negra, escoltado con 8 motorizados, y 4 carros más. Comenzaron a acercarse todos los oficiales que estaban alrededor. El vehículo se detuvo en frente de nosotros, Sofía volteó y me dijo “
Entra” y comenzó a caminar hacía la limusina. Fue la primera vez en esos dos días que vi tal seriedad en su rostro. Cuando ella entro, yo también me acerqué y entre.
- ¿Qué sucede? – Pregunté al ver a varias personas sentadas dentro del lujoso vehículo
- Hola
Jesús Armando, que bueno que viniste. – dijo una señora, de lentes, traje de doña del siglo pasado, pero bastante elegante
- Necesitamos tu ayuda – replicó otra mujer, que también tenía pinta de ejecutiva, y una carpeta de manila abierta, la cual tenía fotos mías, y unas hojas con mis datos personales
- Esto no me puede estar pasando otra vez – dije con voz de angustia
- ¡Yo no voy a matar a nadie! – repliqué un tanto histérico
- Cálmate
Jesús, no tendrás que matar a nadie, esto es un asunto de
seguridad nacional – dijo Sofía, mientras se me acercaba y tomaba mi mano
- Ya pronto te explicaremos que sucede – dijo un tipo con pinta medio
gay.
Estaba nervioso, muy nervioso. Veía por la ventana, y todo lo que veía era como motorizados de la policía de
Bogotá detenían el tráfico para que nosotros no tuviésemos que detenernos. Sofía se me acercaba y me decía “
calma, no te preocupes que no te va a pasar nada, y no es nada malo… ok?” pero estaba tan asustado que no le prestaba atención. Llegamos a una casa inmensa, de paredes de un tono amarillento y de rejas negras, muy custodiada. Nos detuvimos cerca de 1 minuto antes de entrar, y escuche decir a la doña de ropa de vieja “
ya llegamos a Nariño”.
Me hicieron bajarme del vehículo, escoltado por varios agentes de seguridad, detrás de mí venían las 2 mujeres y el tipo medio rarito que estaban conmigo en la limusina. Entramos por la puerta principal, y me llevaron hasta un salón, muy bonito y realmente muy bien decorado, con una alfombra inmensa que decía “
República de Colombia”. Me sentaron en un sofá azul marino, y en frente de mí se sentaron las mismas 4 personas que estuvieron en el trayecto hasta acá conmigo. Cuando de repente, se abre una puerta y aparecen 4 personas más: el Presidente de
Colombia, un asistente y 2 guardaespaldas.
- Mucho gusto, vea, que bueno que pudimos traerlo – dijo
Álvaro Uribe mientras se acerca a mí para estrechar mi mano
- Mucho gusto, señor
Presidente – dije anonadado y confundido mientras me levantaba del cómodo sofá azul marino
- ¿Cómo me lo han tratado aquí en la hermana patria? – preguntó él, de manera muy amable
- Pues, bien… pero ¿podría explicarme qué sucede? – pregunté yo, buscando respuestas a mis dudas
- Muy bien, siéntese
Jesús Armando – dijo él, mientras ambos tomábamos asiento
- Hay algo que debo confesarle, espero que entienda y aún así quiera colaborar con este importante asunto – dijo el
presidente, al mismo tiempo que acomodaba sus lentes con su dedo índice.
- Dígame, soy todo oídos, señor
Presidente – expresé un tanto asustado
- Dígame Álvaro, o Alvarito. Como prefiera – dijo él seriamente
- Ok, está bien… Álvaro, dígame que sucede – insistí, un poco incómodo
- ¿No quiere unas galletitas? ¿una arepita al estilo colombiano? Vea, mire que son riquísimas – alegó el
presidente Uribe, tratando de desviar el tema
- Señor Presidente. Es hora – dijo Sofía, en un tono imperativo
- Arrrg, está bien. Vea, Yisus ¿puedo decirle así? Sucede que yo soy Sofía – dijo él mirando al piso con cara de apenado
- ¿Ah? ¿de qué habla? – pregunté tratando de hacer contacto visual tanto con él como con ella
- Quien hablaba con usted por
Messenger era yo – respondió él a mi interrogante, mientras me veía con cara de vergüenza.
Mi silencio fue el protagonista de aquel momento, me sorprendió tanto aquel comentario; no comprendía. Volteé a ver a Sofía, quien respondió a mi mirada con una expresión en su rostro que claramente decía “
es cierto”.
- Ya va, entonces… ¿y ella? ¿Quién es? – pregunté aturdido y esperando la respuesta en suspenso
- Me llamo Samantha Tovar, y jamás he hablado contigo por
Messenger, discúlpame – respondió ella
- Yo le di el puesto de becaría, quería ver si tenía la misma suerte que tuvo
Clinton – dijo
Uribe mientras se reía por su comentario, el cual le propinó que Samantha le lanzara un cojín
- O sea ¿quiere decir que todos estos años han sido falsos? – pregunté indignado, y hasta un poco triste
- No, todo ha sido cierto, soy fanático de
Juan Corazón, sí lloré cuando vi
Titanic, sí abrazo mi almohada de los ositos cariñositos cuando duermo, y de verdad tengo un afiche de
Guillermo Dávila en la pared de mi cuarto, ven y te lo muestro – dijo el primer mandatario
- Pero y ¿las cosas que me contaban? Eso no puede ser cierto – indagué yo, tratando de averiguar todo
- Sí, sí lo es. Te dije que me daba miedo la guerra con
Ecuador, que celebré cuando murió
Marulanda, que
Chávez es feo y me caía mal... Nada de eso es inventado – respondió él con mucha seguridad
- Ok, está bien… pero aún así todo esto me parece muy extraño – expresé confundido
- ¿Por qué no descansas un rato? O ¿por qué no sales a pasear por
Bogotá? Así te distraes – Dijo la señora de lentes y ropa del siglo pasado.
- Yo puedo acompañarte – acotó Samantha
Y así fue, salimos un rato, caminamos, comimos helados, tomamos fotos y hasta compramos en burguer king. Ella me contó que se había molestado con
Uribe cuando él le dijo que había usado sus fotos para crear una cuenta. Me dijo que le había caído realmente bien y me pidió mi dirección de correo electrónico. Compramos un par de llaveros para mi colección y nos dispusimos regresar al palacio. Ella me dijo que me quedara en Nariño, que el
Gobierno Colombiano se estaba encargando de mí.
Una vez que regresamos al palacio, varias de las personas que ahí laboran me llevaron a mi habitación. Era bastante amplia, televisor LCD de 64’’, una cama king side, un escritorio de mármol auténtico, cortinas color blanco ostra; todo tenía un extraño tono amarillo dentro de esa habitación, incluso, dentro del baño.
Agarré mi equipaje, y lo coloqué sobre la cama, saque mi desodorante, el boxer, las medias, la franela y un pantalón que me iba a poner. Saque una toalla y me dirigí al baño.
Me di una larga ducha, realmente relajante. Canté la bamba y varias canciones de
Los Mentas mientras me bañaba. Me olvidé de todo lo ocurrido y de las noticias desagradable; a decir verdad, me sentía afortunado, era huésped especial en el palacio de
gobierno de Colombia.
Salí de la ducha, me sequé, me vestí y me acosté a ver televisión desde mi extensa cama, cuando de repente, tocan a mi puerta. Coloco el televisor en silencio y me acerco a la puerta.
- ¿Cómo está su merced? – preguntó el
presidente
- Bien, bastante bien señor
presidente – respondí contento
- No me llame así, dígame Alvarito – indicó
Uribe, mientras movía su cara de lado a lado
- De verdad prefiero no hacerlo – confesé bastante incómodo
- No se preocupe, tiene la libertad de decirme Alvarito cuando quiera su merced – insistió
- Ok… bueno, gracias…. – expresé mi hastío
- Bueno, buenas noches, Jesusito. Que tenga dulces sueños – Expresó
Uribe, sonriente, mientras se retiraba.
Después de ese incómodo momento, me acosté en la cama y me quedé dormido casi de inmediato. Me desperté a la mañana siguiente al escuchar cuando una señora, del personal de servicio, tocó la puerta de mi habitación. Ella me trajo el desayuno a la cama, que consistía de un
croissant, un omelet estilo americano, café con leche, jugo de naranja. Antes de retirarse, la cordial señora me dijo “
el presidente y su consejo de gobierno lo espera en la sala presidencial”.
Luego de desayunar, bañarme, y vestirme, me dispuse a ir a la sala presidencial. A medida que me acercaba, notaba que había algunos agentes de seguridad. Al llegar a la puerta uno de ellos me preguntó mi nombre, para poder notificarle al presidente. Tras comunicarse por radio, me permitió la entrada.
- Buenos días – dije al entrar a la misma habitación en la que había estado ayer
- Buenos días ¿cómo durmió? – respondió la señora de lentes y ropa de vieja, que ese día, también llevaba ropa que parecía del siglo pasado.
- Bien, muchas gracias. – respondí mientras saludaba con la mano y una sonrisa a Samantha
- Siéntese, está en su casa. Ya lo vamos a atender – Expresó la señora de lentes
Estuve esperando cerca de 15 minutos, mientras veía a Samantha y al
presidente Uribe hablando por teléfono. Me sentía un poco apenado, tal vez un poco incómodo. Aún no sabía para qué me habían llevado. Y ahí estaba yo, en el mismo cómodo sofá azul en el que había estado sentado el día anterior, cuando, de pronto, el ajetreo de esa habitación disminuyo cuando
Uribe colgó el teléfono.
- Buenos días su merced. ¿Cómo durmió? - Preguntó el
presidente
- Bien, chévere… - respondí yo, un tanto incómodo
- Me alegro.
Jesús. Necesitamos su ayuda en un asunto de
seguridad nacional – expresó
Uribe, de manera cortante
- Bien… ¿En qué puedo ayudarlo? – dije, a la expectativa
- En la
cumbre de las Americas, hicimos un juego de amigo secreto, y mi papelito era el de
Obama. – explicó el
Presidente, bastante nervioso
- Ajá…. ¿Qué pasa con eso? – pregunté yo, bastante extrañado
- Hey, no le restes importancia a ese asunto – dijo en un tono medio agresivo la doña con la ropa de look añejo
-
Jesús Armando, quizás no lo sepas, pero la
guerra de Vietnam se inició por un mal regalo que le dieron al
presidente de Estados Unidos en el juego de amigo secreto de aquel año – acotó Samantha mientras veía al resto de su equipo de trabajo
- No me jodan vale, díganme la verdad – refuté con cara de molesto
- Es en serio, no te estamos jodiendo – Respondió
Uribe, mientras se arreglaba sus lentes con su dedo índice
- La situación nos preocupa mucho – Añadió la doña de lentes y ropa de vieja.
- Ok, y entonces ¿qué tengo que ver yo en eso? – pregunté incrédulamente
- Necesitamos que nos ayudes a comprar un regalo para
Barack – Dijo el
presidente con cara esperanzadora
- ¿Y por qué yo? – insistí
- Porqué la semana pasada abrí el
Messenger de Sofía y comencé a ver tu perfil de
facebook… Vimos el álbum donde hay fotos de los regalos que le has dado a tu hermana, y luego te investigamos. Me encantó la lámpara de
Hello kitty que le diste en navidad – Explicó detenidamente
Uribe
- Pero, eso es porque conozco a mis hermanos. Yo no conozco a
Obama – respondí buscando demostrarles que estaban equivocados
- Tenemos información de que a
Barack le gustan los unicornios, las largas caminatas por la playa, leer poesía bajo la luz de las velas – acotó Samantha
- Si saben todo eso ¿para qué me necesitan? – exclamé
- Por 2 motivos. El primero es que nosotros no tenemos buenos gustos. Álvaro piensa que
Michelle Bachelet es sexy – dijo Samantha, buscando aclarar mis dudas

- Es verdad, es verdad – añadió
Uribe, mientras lo afirmaba con el movimiento de su cabeza
- El otro es que, si el regalo que escojas es malo, y ocasiona un
conflicto internacional. Tú serás nuestro chivo espiratorio, e irás a una
cárcel federal – dijo la señora de lentes y el tan perturbador look del siglo pasado
- ¿Es en serio? – pregunté, después de tragar
- No, pero de verdad queremos que nos ayudes. Nadie me conoce mejor que tú… - Respondió
Álvaro Uribe con un tono de voz realmente perturbador
- Si los ayudo ¿me dejarán en paz? – pregunté buscando la manera de terminar con todo este asunto
- Sí, por su puesto – respondieron los 3 al mismo tiempo.
- Ok, entonces está bien. Vamos a darle.
Después de esa extraña conversación, me pidieron que me alistara. Ellos cerrarían varios centros comerciales para nuestra visita. El
Presidente Uribe se emocionó tanto, que dejo su conversación de
Messenger con
Ingrid Betancourt a medias, y colocó en su nick “
me fui de shopping”.
Caminamos por 3 centros comerciales los cuales estaban completamente clausurados, solamente nosotros. Buscamos durante horas y horas hasta que finalmente, Álvaro dio con el regalo indicado -según él-. Entramos a un Sanrio, y compró un block de notas azul y en las hojas estaba impresa la cara de pochaco, un juego de lapiceros, un balón de basket con la cara de
hello kitty. Después de comprar todo eso, y una caja de bombones, nos dirigimos a la limusina presidencial.
El
presidente me agradeció por ayudarlo con todo, me comentó que además, le regalaría la primera copia de su novela erótica “
Tu pirata soy yo”, y que su dedicatoria diría “
Para mí ya eres más grande que Michael Jordan y Will Smith juntos. Love you. A.U.V.”. Después de eso, me llevaron al
aeropuerto, en donde me esperaba un avión con destino a
Venezuela.
Cuando hacía la cola para ingresar al avión, me di cuenta que delante de mí estaba
Leopoldo Castillo, el ciudadano. Como todo opositor, lo saludo y él, muy amablemente comenzó a entablar una conversación conmigo, me comentó que le gustaba mucho mi blog, y se reía con mis
humores gráficos. Irremediablemente comenzamos a hablar de
política, como el avión estaba casi vacío, tuvimos la oportunidad de sentarnos juntos y continuar hablando. Me tocó el asiento del pasillo, y en frente de mí, una pelirroja espectacular, que para mi suerte, me pico el ojo, así que pretendí en entablar una conversación con ella. Pero en ese momento comenzó a hablarme el sr. Castillo.
- A ver, Jesús ¿qué hacías aquí en
Colombia? – me preguntó pausadamente
- Pues, a decir verdad, vine a ayudar a
Uribe a comprar un regalo – respondí riendo
- ¿En serio? – preguntó sorprendido el ciudadano
- Pues sí, la verdad es que sí
- ¡A mí me pasó lo mismo! – respondió él agitado
- Ciudadano, no me joda
- ¡No! ¡Es en serio! Por eso fue que fui a ver a Hillary, y aproveché para entrevistarla – respondió exaltado por la casualidad
- Ella me llamó al programa, y me dijo que necesitaban mi ayuda para el regalo de
Alan García. Dije que la ayudaría si me dejaba entrevistarla. Le comenté a
Ravell y no me creyó, así que tuve que llevármelo conmigo a
Washington – explicó él, detenidamente; a lo que se nos acerca una aeromoza y me dice en voz baja, pero lo suficientemente alta como para que escuchara el señor Leopoldo.
- Disculpe, señor González… Tengo un recado del
presidente Uribe para usted
- Ajá… dígame – respondo a la expectativa
- Le manda a decir que dejo sus interiores de leopardo en Nariño, y que espera verlo pronto otra vez, que espera que lo disculpe y que recuerde todas aquellas noches que compartieron - dijo apenada y con notable risa en el rostro la linda aeromoza.
- Ah… gracias – respondí de forma muy seca.
Me sentí apenado por semejante recado, tanto que hasta me sonrojé al escucharlo. Cuando volteó, noto que
Leopoldo Castillo se está levantando de su asiento y le dijo a la aeromoza “
disculpa, ¿me puedo sentar en otro lugar?”, me vio a los ojos, con cara de decepción y sorpresa mientras se retiraba. Quise aclarar el mal entendido, pero no tuve la oportunidad; fue entonces cuando busqué hacer contacto visual con la sexy pelirroja y ella tras un suspiro de desilusión y un gesto de desagrado, giró su cabeza hacía la ventana.
Fue entonces cuando mientras veía por la ventana del avión me dije a mi mismo “
más nunca ayudaré al Presidente de Colombia a comprar regalos de amigos secreto”.